Con apenas 17 años, Isidro Aladio hizo realidad la fantasía que habita en el corazón de todo gurí. Pasó de correr improvisadas carreras de bicicleta en el parque frente a su casa, a consagrarse campeón entrerriano de Enduro Cross en la categoría Junior Limitada. Hace menos de una década, giraba en el Parque Bicentenario divirtiéndose con su hermano Vicente y sus amigos, fantaseando quizás en ese entonces, con hacerlo sobre una moto. El tiempo y un sinfín de factores le permitieron forjar su camino de manera profesional.
En el mundo de las dos ruedas, sus inicios se remontan a una vieja Garelli y a una alcantarilla como rampa. Hoy, junto a su familia, construyó su propio circuito en el campo de la zona de Montoya. Allí, las labores rurales se alternan naturalmente con la pasión por la mecánica. Su padre, su hermano, los peones y los amigos conforman un equipo técnico inconfundible, una postal de campo donde conviven las boinas, las alpargatas, la ropa de grafa, los cascos y la indumentaria típica del enduro.
A Isidro lo define su humildad. Tiene siempre un saludo predispuesto para cada persona que se le acerca, es agradecido, escucha con atención y, si ve a alguien a lo lejos, no duda en levantar la mano y pegarle un grito.
A lo largo del año, Isidro sumó incontables vueltas, kilómetros en moto, horas de estrategia y entrenamientos rigurosos. Sin embargo, toda esa suma de cosas, no alcanza a la cantidad de veces que pronuncia la palabra «gracias». Ya sea por un saludo, un consejo, una palmada en la espalda o un simple trago de agua, su respuesta es inmediata: «Gracias, gracias».
Más allá de la consagración, el joven piloto sabía que el éxito no se logra de la noche a la mañana. Cuando bajó la bandera a cuadros en la primera manga, miró al cielo aliviado y con prudencia celebró lo justo y necesario. Para la segunda manga salió decidido a buscarlo todo; su moto respondió a su temple y, en cuestión de una vuelta, ya les llevaba un par de curvas y saltos de ventaja a sus perseguidores. A pesar de la diferencia, mantuvo intacta la prolijidad en su manejo.
Al cruzar la meta y bajar la bandera a cuadros, la alegría estalló en su box. Fue puntero casi todo el año, pero consciente de que el más mínimo error podía arruinar el esfuerzo, supo que nada estaba dicho hasta la última curva. Por eso, en cada abrazo que recibía, repetía aliviado: «Por fin se nos dio», recordando las dificultades y enseñanzas del año anterior.
Gritos, festejos, espuma, champagne, abrazos y fotos marcaron una tarde inolvidable. Isidro lo recibió todo, incluso la desatada propuesta de tirarse al tanque australiano de su propio campo, el mismo que había aportado el agua para mantener a punto el circuito.
Uno, por el tiempo transcurrido, podría marcar distancia entre aquellas carreras infantiles en bicicleta por el Parque Bicentenario y este presente de gloria, pero en esencia nada ha cambiado. Isidro sigue corriendo en el patio de su casa, con su hermano Vicente, rodeado por su familia y sus amigos, y por sobre todas las cosas, disfrutando como el primer día.
