El 25 de agosto de 2016 el país amanecía con la noticia del allanamiento al monasterio de Carmelitas Descalzas de Nogoyá. Y a medida que salían a la luz los detalles de los abusos de poder que allí tenían lugar, más de uno pensó, entre la sorpresa y el horror: “esto da para una serie”. Diez años después, esa intuición se hizo realidad. La serie Cautiva está a días de ser estrenada.

Por Francisco Albarenque Rausch
Hermano de Silvia Albarenque, ex Carmelita.

A partir de Cautiva, muchos tendrán la oportunidad de adentrarse en el mundo poco conocido de un monasterio de clausura y descubrir, desde la ficción, los hechos ocurridos en el Carmelo de Nogoyá entre 2007 y 2016, período durante el cual tuvieron lugar los cautiverios de Silvia y Roxana por parte de la ex priora Isabel Toledo, hechos por los cuales fue condenada a tres años de prisión en 2019. Y mientras al público en general esta serie le abre las puertas de esa clausura, a mí me permitió entrar en otro mundo hasta entonces desconocido: el de una producción audiovisual de gran escala.

Invitados por los productores Mauro y Victoria, junto a Silvia asistimos al rodaje de varias escenas de la serie. El 15 de octubre del año pasado llegamos al set de filmación, instalado en un edificio del barrio porteño de Flores. El nivel de detalle con que ese lugar había sido ambientado por el equipo de arte dirigido por Mariela Rípodas para recrear el Carmelo era sorprendente. Allí tuvimos la oportunidad de interactuar con parte del elenco, entre ellas las protagonistas Carolina Kopelioff y Lorena Vega, además de las directoras Jazmín Stuart y Paula Hernández. También conocimos a la vestuarista Laura Donari, responsable de recrear con admirable precisión cada hábito de las monjas y cada prenda litúrgica de los sacerdotes.

Clara y la madre Cecilia

Cautiva cuenta la historia de Clara Barbarossa (Carolina Kopelioff), una joven que a los dieciocho años ingresa a un monasterio de Carmelitas Descalzas para consagrar su vida a Dios. Al tomar los hábitos, Clara recibe el nombre de María Teresa de la Eucaristía, uno de los elementos que la serie conserva del caso real en que se inspira.

Dentro del convento, Clara conoce a la madre Cecilia de la Cruz (Lorena Vega). Cecilia ha vivido toda su vida dentro del monasterio y conoce muy poco de la realidad exterior. En un momento de su vida atraviesa una enfermedad terminal, pero logra recuperarse. Esa experiencia alimenta su convicción de ser una iluminada, una persona especialmente protegida por Dios, a quien siente deberle todo. Como consecuencia, rasgos que ya estaban presentes en su manera de vivir la fe y la vida religiosa se intensifican hasta el extremo, sobre todo cuando llega a ocupar el cargo de priora.

La relación entre las protagonistas ocupa un lugar central en la historia. Cecilia ve en Clara a una joven muy capaz. La aprecia, pero al mismo tiempo la inquieta. La inteligencia de Clara y el futuro que podría tener dentro del convento despiertan en Cecilia una mezcla de admiración y rechazo, de amor y odio. Con el paso del tiempo, esa relación desemboca en el cautiverio de Clara. Cuando finalmente recupera la libertad, comienza el difícil camino de reconstruir su vida y buscar justicia con ayuda de su familia.

Detrás de escena

Además de impactarme la historia en sí, me llamó mucho la atención el nivel de detalle con que trabajaban en el rodaje, y la cantidad de material crudo que se produjo y que luego fue ensamblado, editado y mejorado en sonido e iluminación. Una escena relativamente breve podía repetirse una y otra vez. Un diálogo entre las protagonistas, de pocos minutos, en una oficina del convento, fue filmado cuatro veces. Dos cámaras registraban simultáneamente los rostros de cada actriz.

Silvia y yo estábamos en una sala contigua, junto a una decena de personas del equipo técnico y de producción. Desde allí seguían atentamente la escena a través de dos monitores y escuchaban con auriculares cada palabra del diálogo. Resultaba fascinante verlos atentos a cualquier detalle (un gesto, una palabra, una mirada o un sonido inesperado) que pudiera corregirse o mejorarse en la siguiente repetición. No escuché qué decían las monjas en esa toma, pues a los únicos auriculares extras disponibles los tenía Silvia. Pero viéndola a ella, me di cuenta de que estaban filmando una escena muy significativa.

Al ver todo eso, pensé en las muchas veces que estuve en el Carmelo de Nogoyá y vi a las carmelitas a través de las rejas del locutorio y de la capilla.  Y me pregunté: ¿qué diferencia a Carolina y a Lorena de aquellas monjas? Al igual que en el set de filmación, en Nogoyá también veía mujeres que se visten con determinada ropa, que repiten líneas de memoria y que usan nombres diferentes a los que les dieron sus padres.

Ficción y realidad

Cautiva es una ficción «inspirada en un caso real». Toma como punto de partida un hecho y un personaje real, pero agrega, quita, fusiona y/o desdobla otros personajes. Personas accesorias en esta historia, como hermanos, padres o amigos, son funcionales a una trama que debe desarrollarse en el acotado espacio de seis capítulos de cuarenta minutos. Si se la compara con documentales o con series y películas “basadas” en hechos reales, hay mayor flexibilidad en el uso de nombres de lugares y fechas.

Como ejemplo de esa flexibilidad, tomo una escena anticipada en una nota sobre Cautiva publicada en La Nación el 23 de diciembre de 2025. Allí se menciona un parque y un inmenso paredón, “construido especialmente por el equipo de arte, que será clave en la historia: por él se escapará la protagonista.” Ese paredón y ese parque mencionados por La Nación me recuerdan el escape de la otra víctima que denunció a la ex priora del Carmelo. Como la propia Toledo lo reconoció durante el juicio de 2019: Roxana sí “logró escaparse”, en 2016. En el caso de Silvia no hubo escape. Su cautiverio de siete años terminó cuando el 1ro de abril de 2013 finalmente decidieron dejarla ir. Ese día “es entregada a su madre y logra salir del convento para nunca más volver” (sentencia juicio 2019).

Con esta serie no me resulta fácil ubicarme en el lugar de espectador porque es una historia que viví de cerca. No sé si veré “Cautiva”, o cuándo. Pero celebro que se haya hecho porque visibiliza algo que tiene que saberse. Frente a una injusticia que permaneció silenciada durante años, y a otras que tal vez aún siguen ocultas, Cautiva cuenta una verdad que, usando las palabras del Evangelio, debe ser «proclamada desde las azoteas» (Lc 12,3). Confío en que también pueda ayudar a quienes hayan atravesado experiencias semejantes a encontrar un camino de justicia y sanación. Estoy convencido de que Cautiva será un aporte para que historias como esta no vuelvan a repetirse y para que ninguna comunidad religiosa sea un espacio ajeno al Estado de derecho.